24/3/08

Un viaje diurno: el medio día

Gabriel tarde arribó, siendo victima del castigo de sus superiores, pagando por los errores que los adultos cometieron. Confundido, perdía el rastro del momento en el salón de clases. La maestra pidiendo la tarea, sus compañeros gritando los himnos de la televisión, pero él sólo fantaseaba el mundo de su alrededor. Pensaba en un lugar donde los niños gobernaran, las aves cantaran, los autos volaran y nada excepto todo fuera diversión.

Una nueva llamada de atención lo hizo regresar de ese fantástico mundo, la maestra tratando de dar la clase de matemáticas insistía en que aprendieran la nueva operación, pero Gabriel no quería vivir en un mundo de números, sino en numerosos mundos. Risas y risas se escuchaban en todas direcciones, pero el pequeño alumno no hallaba su lugar, tendría que salir por aire fresco antes de ahogarse en un mar de carne humana.

Claro que el recreo le dio esa ventaja, pero Gabriel sólo respiraba el etéreo tóxico de años de escapes y chimeneas en función diaria. No podía pedir más, pues simplemente Gabriel no sabía a quien pedir. Sus familia le imploraba a dios, pero el le imploraba a sus mayores. “¿Acaso dios contamina, acaso él se pelea con el primero que ve, acaso se enoja si no aprendo matemáticas? Yo pido a los adultos, pero me tratan como un niño, no como una persona”.

Gabriel sabía que en un solo lugar él podía ser dios, un adulto, una persona, en su fantástica imaginación…

17/3/08

Crónicas del microbús (y del metro) / Cultura tecno: La invasión sonora

El transporte público de la Ciudad de México tuvo uno de los cambios más notables con la llegada de la piratería ambulante. Hombres y mujeres se convirtieron en rockolas humanas que ingresan a vender sus discos. A pesar de aparentar ser de la clase socioeconómica baja, poseen equipos de audio dignos de envidia, a veces incluso de video. El volumen que nivelan para mostrar su mercancía alcanza absurdos decibeles, cómo si se nos tratara de hipoacúsicos.

La permanencia de ellos también es larga, saliendo del vehículo hasta dejar de notar los indicios de no verbalización de los potenciales e indecisos clientes. La tranquilidad de un viaje hacinado se perdió cuando la invasión del ruido penetró hasta nuestros oídos, puesto que la naturaleza no nos proporcionó de un equivalente del párpado en nuestras orejas.

Pero notamos entonces que los jóvenes recurren a una forma de contrarrestarlo: los audífonos. Sin embargo, la opción de un equipo de audio portátil surgió muchos años antes, desde los walkmans de cassettes, pasando por los disckmans de cds, hasta las actuales memorias mp3 e ipods. La gente del audio personal se mostraba a sí misma alienada, pues unas de sus puertas hacia su interior estaban cerradas, viviendo en su propio mundo.

Fue entonces que el paso de lo privado hacia lo público ayudó a desencadenar la poca delicadeza de los vendedores. Los conductores por alguna extraña razón decidieron compartir sus especiales gustos musicales con los pasajeros. Poco a poco, los decibeles fueron aumentando, a un grado tan innecesario que muchos transportes parecían discotecas o antros ambulantes.

En cambio, el autotransporte de gran distancia, en su modalidad de primera clase, ofrece la posibilidad de sonido personal. El conductor puede gozar de la música de su gusto aislándose con una puerta, mientras que los pasajeros se complacen con la opción de usar o no audífonos para escuchar, bien sea el radio o la televisión. La opción de decidir qué escuchar se convirtió en un privilegio de la alta clase y no una opción para el resto de los demás.

Otro ejemplo lo podemos notar en el hecho de cuestiones incluso vecinales, donde la percepción de una contaminación sonora no es tan clara, pues el hedonismo privado se obtiene a consta del orden comunal. Al parecer, muchos creen que brindarle al barrio o a la manzana un poco de la música de su elección es una forma de “arte público” desinteresado, pero desinteresado por los demás excepto para ellos mismos, pues lo hacen sin notar que las vibraciones sonoras son unas de nuestras principales enemigas, y no prestamos ni la más mínima atención a ello.

Siendo así éste un ejemplo más de que los silencios en las leyes gritan el libertinaje de la gente.

10/3/08

Un viaje matutino: la mañana

Gabriel despertaba de su largo sueño, sus oídos escuchaban como el sonar de los cláxones cubría el canto de los pájaros. Abría los ojos sólo para ver el foco encendido en pleno día soleado. Caminaba ente el suelo frío y el aire caliente, vestía para ir a su escuela. Su desayuno tenía alto contenido energético, lleno de carbohidratos deliciosos y lácteos cremosos.

Sus padres oían las noticias sin escucharlas y percibían las imágenes que emitía la televisión sin ver formas definidas. No salían de casa sin probar menos de una taza de café, su combustible por excelencia. Se arreglaban para salir de casa mientras Gabriel esperaba. Él quería ver las caricaturas, pero no era posible a esa hora del día.

Saliendo de su hogar, la familia atravesaba el caos citadino. Un cuello de botella se abría paso cada cinco minutos. El estrés y la desesperación corrían por las venas de papá y mamá, mas no en Gabriel. Ponía sólo atención en su libro con imágenes, pero carente de palabras. Los sonidos del exterior no parecían intrigarlo, aunque la respiración agitada de sus padres era signo de un estado poco grato.

El padre sólo estaba ante la mira de cualquier error de su alrededor, pues sólo necesitaba una excusa para liberar su emoción. Sin pensar en la seguridad de sus pasajeros, esperó entonces a que su auto fuera objeto de un accidente. Un rayón y un leve golpe fue todo, todo lo que desembocó en una riña entre conductores, pero Gabriel, un daño colateral, tendría que llegar tarde a su escuela…

3/3/08

Laberinto burocrático: la última llegada

Se dice que el que ríe al último ríe mejor, pero seguramente aquellas personas de las que hablaré no gustaron de soltar una carcajada cuando sus planes se vieron fracasados por la costumbre de dejar todo al último momento. Es por eso que la siguiente narrativa, sobre un día en una oficina de trámite de pasaportes, será contada en un orden inverso, desde el último hecho.

Era por fin mi turno, después de un malentendido por un error en el pago del banco, en cuyo recibo habían omitido una letra de mi apellido. Sereno, estaba harto de los corajes de todas las semanas, sólo deseaba terminar con ello; sin embargo, a mi izquierda, un joven cuya forma de hablar denotaba un nivel socioeconómico alto para los estándares de la Ciudad de México, solía reclamar por haber tenido un error igual al mío. Él pedía hablar con la persona responsable del error, pero ella no estaba. En cambio se quejaba por que sería un día perdido y la próxima vez que pudiera conseguir una cita para tramitar de nuevo, ya sería el mes de marzo, tiempo para el cual él ya debería estar fuera de México estudiando en el extranjero. El joven tomó sus cosas y salió del edificio con un gesto de indignación.

Estaba formado cuando veía como la mujer justo enfrente de mí, pedía apartar el lugar para ir mientras a sacarles las fotos requeridas a sus hijos, todo ésto en lo que su esposo hacía el pago debido en el banco. La señora, debo decir, estaba formada o al menos su lugar apartado en la fila de las citas de las ocho, a pesar de tener cita a las ocho y media. Detrás de mí se encontraba un señor que de pronto me pregunta “Oye, ¿en qué banco tengo que pagar?”. Era el día de su cita, pero él no tenía idea de cómo era el orden de los trámites; es más, ni siquiera sabía incluso el monto que debía pagar. Él señor tomó sus cosas y salió corriendo para formar parte de una nueva fila, en un banco lejano.

Llegué quince minutos antes de mi cita. Había poca gente, lo cual sorprendió a una mujer recién llegada, quien me preguntaba si donde estaba formado era la fila para entrar. Yo le dije que sí, aunque me extrañó que me hiciera dicha pregunta habiendo claramente una sola fila. Sin embargo, poco a poco dicha fila comenzaba a separarse. La mujer me dijo que si había que tener ficha para entrar, yo le dije que en cierta forma sí, había que hacer una cita con anticipación. Ella no la había hecho y de pronto me comentó que al día siguiente tenía que irse a los Estados Unidos, además de comentarme problemas con su visa y ciudadanía de una forma como si yo fuera un experto en el tema.

Cuando ella notó que la separación de las filas era evidente, preguntó por la función de cada una. Resultó que había una fila de gente con cita y otra de gente sin cita. Me sorprendió mucho la improvisación y el orden que se podía establecer ante las creencias que se tienen sobre un sistema poco claro. La señora me dijo entonces que yo estaba mal, puesto que efectivamente había una fila para gente sin citas. Una vez que el encargado de hacer pasar salió, aclaró que sólo con citas se podía acceder a los debidos trámites. La señora tomó sus cosas y en un abrir y cerrar de ojos había desaparecido.

25/2/08

Curso de Lengua de Señas Mexicana



Para aquellos que deseen saber sobre dicha lengua, sirvo este sitio para invitar y hacer propaganda. Con esto doy inicio a una nueva modalidad en el blog, ya que poco a poco el multilinguismo ira apareciendo como otra de las temáticas, incluyendo el tiempo y el espacio propiamente dichos, además de la ficción y la vida cotidiana, inferidos a esta altura del momento. 

21/2/08

Los manierismos del fumador

El acto de fumar requiere de una serie de acciones distintivas y son ellas con las cuales podemos observar el grado de intensidad del fumador. La idea de que el cigarro es exquisito proviene de la fantasía de un adicto, pero como el nivel de adicción en un primerizo es casi nula, la reciprocidad social o la fantasía creada que se tiene del cigarro es la mejor arma que se tiene para caer.

Los fumadores primerizos tienden a mostrar facetas muy estilizadas como de una persona con un grado avanzado de madurez e intelectualidad. Cerrando ligeramente los ojos, inclinando un poco la cabeza, practican el arte de la inhalación y exhalación. Algunos incluso tratan de formar figuras con el humo, otros simplemente ignoran su alrededor queriendo mostrar poca importancia hacia ello, aunque una mirada de reojo suele delatar lo contrario.

Algunos otros buscan en el cigarro, la fantasía de la relajación, la idea del aislamiento. Muestran interés en tener un cigarro aún sin ser fisiológicamente adictos y poco a poco lo aprenden como la única manera de encontrar ese estado ideal. Pero cuando ya se es fisiológicamente adicto, la forma de fumar cambia. Ahora el interés es la nicotina y dejan de lado aquellas razones que los llevaron a su adicción. Su manera de fumar se nota ahora tan natural que el énfasis es menos intenso, pues sólo se hace por que el cuerpo lo requiere, no por que se desee que la gente lo vea a uno hacerlo.

Cuando un fumador ya adicto comienza una nueva fase de experimentación, donde por lo general se da el salto hacia otra modalidad, como lo es el puro o la pipa, la búsqueda de la impresión regresa. Vemos de nuevo los manierismos típicos de un fumador primerizo y si uno cree que la historia se detiene en el cigarro, se está equivocado, pues podemos encontrar casos similares aunque diferentes en el alcohol o incluso el café.

La sutileza de la interacción cotidiana nos ha filtrado de la observación de lo que pudiera parecer innecesario atender.

14/2/08

El mejor regalo

Hoy 14 de febrero fui testigo una vez más del ritual de consumo. Amados novios regalaban a sus parejas un globo, una rosa, un muñeco de peluche. Con el regalo, los besos, abrazos y caricias venían acompañados. Las sonrisas e ilusiones se desprendían de sus caras. Pero aunque los más jóvenes parecían tomarse muy en serio este día, otros no lo fueron tanto.

Mujeres cargando bolsas de regalos y globos gigantes tenían una cara que reflejaba la rutina en todo su esplendor. Será muy probable que dichos obsequios terminen en el olvido de la basura. A final de cuentas, se dice que el detalle es lo que importa. Si ese es el caso, ¿porqué no regalar sólo los besos, caricias y abrazos? La reciprocidad social es el mejor regalo que podemos recibir y el más barato. Incluso una sonrisa puede ser más gratificante que una simple caja de chocolates.

¿Y por qué decidir hacerlo sólo hoy, o el día de las madres, o en cada cumpleaños? ¿No sería mejor hacerlo todos los días? No sería posible, pues convertiríamos esas acciones en rutina y la sorpresa del contraste se perdería; y eso justamente sucede conforme creamos más y más días absurdos donde celebramos lo que tenemos todos los días, pero que hemos olvidado.