10/3/08

Un viaje matutino: la mañana

Gabriel despertaba de su largo sueño, sus oídos escuchaban como el sonar de los cláxones cubría el canto de los pájaros. Abría los ojos sólo para ver el foco encendido en pleno día soleado. Caminaba ente el suelo frío y el aire caliente, vestía para ir a su escuela. Su desayuno tenía alto contenido energético, lleno de carbohidratos deliciosos y lácteos cremosos.

Sus padres oían las noticias sin escucharlas y percibían las imágenes que emitía la televisión sin ver formas definidas. No salían de casa sin probar menos de una taza de café, su combustible por excelencia. Se arreglaban para salir de casa mientras Gabriel esperaba. Él quería ver las caricaturas, pero no era posible a esa hora del día.

Saliendo de su hogar, la familia atravesaba el caos citadino. Un cuello de botella se abría paso cada cinco minutos. El estrés y la desesperación corrían por las venas de papá y mamá, mas no en Gabriel. Ponía sólo atención en su libro con imágenes, pero carente de palabras. Los sonidos del exterior no parecían intrigarlo, aunque la respiración agitada de sus padres era signo de un estado poco grato.

El padre sólo estaba ante la mira de cualquier error de su alrededor, pues sólo necesitaba una excusa para liberar su emoción. Sin pensar en la seguridad de sus pasajeros, esperó entonces a que su auto fuera objeto de un accidente. Un rayón y un leve golpe fue todo, todo lo que desembocó en una riña entre conductores, pero Gabriel, un daño colateral, tendría que llegar tarde a su escuela…

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