11/2/08

Las 55 caídas

Rodeado de luces parpadeantes, sonidos intensos y calles sin terminar, Julio Domínguez, el portero del viejo edificio central del gobierno, vivía en soledad. Recién había enviudado y pocas veces era visitado por sus hijos. Se decía a sí mismo “Ya tuve suficiente vida en este mundo”. No estaba acostumbrado a los excesos sensitivos del presente y soñaba con regresar a ese pasado dorado lleno de ilusiones.

Su jubilación estaba casi por llegar, y junto con ello la llegada de una nueva tecnología de seguridad pretendía reemplazar los servicios que tantos años él otorgó. El viejo se preguntaba cómo había llegado a ése momento y recordó. “Cuando era joven, me ilusionaba tanto llegar al mundo de los grandes, de ser alguien, alguien importante, pero cuando lo logré, me di cuenta de que todo lo que había sacrificado por ser ese alguien había desaparecido en mi decisión”. Tantos años de trabajo y experiencia le valieron una gran posición en su sociedad, de la cual sólo él quedaba como único vestigio de ese pasado.

Julito, su nieto, hacía visitas ocasionales al viejo. “Abuelo, ¿qué quieres hacer en tu cumpleaños?”, preguntó el chiquillo. “Julito, hay tantas cosas que quiero hacer, pero la edad ya no me lo permite”, replicó el viejo. “Siempre hay algo que puedes hacer, créeme, y sabes muy bien que yo puedo ayudar en ello”, decía con mucho animo Julito. Dejándose convencer, el viejo le pidió una aventura en paracaídas.

“Abuelo, pensé que podías pedir más, pero si es tan simple tu deseo, lo haré con gusto”. Quedando de acuerdo, llegó el momento en que ambos se embarcaron a la aventura. El viejo tomó su equipo, se preparó y como si fuera todo un profesional se lanzó al vacío. La sensación del aire, la vista y la gravedad eran únicas. Llegando sano y salvo al suelo, el viejo decidió volver a la acción y repetir la experiencia.

La felicidad le inundaba el cuerpo, pero al llegar de su quincuagésima quinta caída, el viejo le dijo a Julito. “Gracias hijo, me has hecho un hombre feliz, aunque sólo por esta hora. Quisiera que pudiéramos hacerlo de verdad y no en ésta simulación virtual contigo al otro lado del mundo”. Y el chico expresó “Abuelo, sabes muy bien que a tus 110 años de edad y con tu reciente jubilación no estas en condición ya de salir de casa. Pero siempre tendrás mi compañía, aunque sea esta simulación de imagen y voz mía”.

Don Julio Domínguez VII, atendía el funeral de su abuelo, vía satélite. Su esposa le dio un fuerte abrazo diciendo “Lamento mucho la muerte de tu abuelo, Julio, no sé que habrá pasado por su cabeza al querer lanzarse al precipicio sin abrir su paracaídas”. Pero Julio decía “Casi no conocí a mi abuelo, pero lo único que llegué a saber de él fue que en su niñez él y su propio abuelo jugaban lo mismo en simuladores virtuales, pero que después de que su viejo muriera, él siempre dijo lo muy arrepentido que estaba de no haberle concedido un último deseo, una caída real”.

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