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12/10/09

Memoria fotográfica III

René busca desesperadamente a Miguel, a quien cree está detrás de todo. De pronto sale de la ciudad, aventurándose a buscarlo en su propia casa. Y efectivamente no pudo encontrarlo, hasta que decide regresar a la casa del viejo Alberto, donde encuentra a Miguel en persona. Agarrándolo por el cuello y un brazo, René ataca a Miguel, cuestionándolo sobre la desaparición de Ana. “Tu fuiste, tu eras el novio secreto, tu torturaste y amenazaste a todos para que negaran todo, tu eres el culpable de esto, sólo me estabas usando para saber si otros estaban enterados, sólo para monitorear si tus fechorías no había sido delatadas”

Miguel, en un grito de defensa, le dice “¿de qué hablas?” Pero René insiste “Tu fuiste, tu gabardina azul, tu gabardina azul te delató, esa señora de la oficina te identificó” De que hablas, la gabardina me la prestó mi padre el día que fui a verlo a usted en el café” Y de pronto René se detiene y Miguel cae inconsciente. Enfrente del hombre estaba el señor Alberto, con una jeringa recién usada y una pistola. 

René se da cuenta que el viejo Alberto era quien estaba detrás de todo. “Si señor René, lamento que tuviera que llegar a ésto, no estaba tan errado en su teoría, sólo se equivocó de hombre”. Y René, dudoso le pregunta “¿Porqué? ¿Porqué se tuvo que acostar con su sobrina?” Y el señor Alberto “¿Acostarme con mi sobrina? Insisto, se equivoca de hombre. Yo no me acosté con ella, fue mi hermano Gustavo. ¿Cree que un incesto es algo que todos podríamos aceptar, la comunidad donde vivimos? La verdad es que Gustavo y yo habíamos sido socios del gran capo que reina estos barrios, pero el hecho de que Ana fuera a delatar a su propio padre traería toda una investigación a éste lugar y muchos secretos en familia que serían difíciles de guardar.

No puedo permitir que eso pase, pero hemos mejorado, no somos tan salvajes para matar a todos los involucrados, simplemente hemos perfeccionado el arte de hacer olvidar, un poco de droga y de tortura y olvidan todo lo que queremos. Sólo hubo un par de bajas lamentables, aquellos quienes causaron todo esto, Ana y su padre. Mantuve a Miguel fuera de ello, pero ya no más, ustedes dos tendrán el mismo destino que todos los demás”. 

René de pronto cerró los ojos y dijo “no olvidaré, no olvidaré” “¿Pero no olvidará qué? señor Alberto, le hemos dicho que su historia es sólo una paranoia, una paranoia causada por su farsa de justificar el fraude, por hacernos creer que usted olvidó todo lo que debía, todo lo que le hizo a esa pobre familia” Decía un doctor en el Hospital, el mismo donde René había visitado a la señora Ofelia. 

“¿Porqué me dice Alberto?, mi nombre es René, Alberto me quiso quitar el recuerdo” pero el doctor le dice “¿Ah si, René, otra de sus múltiples facetas, como la de Miguel, recuerda? claro que no, usted nunca olvida.” Y el doctor se aleja de la cama donde René se encontraba. 

Una residente sin embargo se acerca a él, y le dice al oído “no se preocupe, yo le creo”, y René cierra los ojos, suelta una sonrisa y una lágrima, creyendo que quizás la aceptación de una persona es lo único que le queda. Y la mujer sale de la sala, mirando un reporte de desaparición, una póliza de seguro y una fotografía en sus manos; y sale de la sala, con una sonrisa hermosa, a pesar de tener un par de dientes chuecos. 

5/10/09

Memoria fotográfica II

René y Miguel concretaron una reunión en un antiguo café a las orillas de la ciudad. René fue el primero en llegar y esperó durante un rato, hasta que se levantó, dejó sus cosas y salió del lugar. Afuera, en la lluvia, antes de abordar un taxi es sorprendido por un hombre en gabardina azul. Era Miguel, quien aparece de la nada y le pide regresar al café. “Discúlpeme, pero tenía que asegurarme que estuviera solo, usted no sabe ni siquiera la punta del iceberg, pero usted me ha dado la oportunidad de rectificar que aun puedo hacer algo.

Le voy a contar la historia de Ana. Ella y yo éramos muy unidos, lo sabrá muy bien, ya vio la foto que nos sacó su padre, Gustavo; pero deberá saber que yo era el único hombre confidente de ella. Una vez me contó que tenía un novio, un amante secreto, que lo amaba mucho, pero que no podía revelar su identidad a su familia, pues podía traer muchos problemas el saberlo. De pronto, en una ocasión llegó a mi casa llorando, había sido violada por ese hombre. Y me dijo que ella estaba dispuesta a delatarlo, pero que él la amenazó de muerte. 

Aún sin decirme de quien se trataba, me dijo que haría una declaración al día siguiente. Sin embargo, ella desapareció, jamás llegó a su casa ese día. Su padre llenó un reporte en la oficina de personas desaparecidas y al siguiente día murió en ese horrible accidente. Después de eso, decidí mejor abandonar la ciudad, pues temo que ese novio secreto sea alguien muy poderoso, alguien con influencias que pueda estar haciendo desaparecer a la gente. 

Por eso nadie habla de ella, por eso nadie la conoce, todos temen, todos han sido amenazados y nadie habla de lo sucedido. Pero déjeme ayudarle, tal vez podamos aclarar esto juntos”. Y así finalizaba Miguel de contar lo sucedido, pero René, quien pensaba que la discreción era lo mejor, prefirió que el joven no se involucrara demasiado, ya que podía incluso poner en riesgo su vida si el novio secreto se enteraba de que él sabía demasiado.

René entonces decide ir a la oficina de personas desaparecidas y encuentra el reporte de Gustavo, lo cual le da una evidencia más con la cual probar la existencia de Ana. El reporte también está firmado por la señora Ofelia, quien al parecer ya no trabaja ahí. Pregunta por ella y lo conducen al Hospital, donde al parecer la señora se encuentra internada por una crisis nerviosa. 

René se aproxima a ella y le pregunta por la declaración, pero la señora Ofelia, con una mirada sin dirección, le dice que ella sólo recuerda al hombre, al hombre que le quitó sus recuerdos, que le quitó todos sus recuerdos menos el de él. René le pregunta quién era ese hombre. “La chica, la chica que busca usted, ese hombre también me buscaba por la chica, ese hombre es todo lo que recuerdo, me quitó todos mis recuerdos”. René pregunta quién era ese hombre. Ella sólo responde “el hombre, el hombre de la gabardina azul”.

28/9/09

Memoria fotográfica I

Cuando René descartaba algunos documentos, se encontró con un oficio que pronto llamó su atención. La póliza de seguro tenía de beneficiara a Ana Fuentes, hija de de Don Gustavo Fuentes, quien había fallecido en un accidente en su automóvil hacía ya meses. Aunque las políticas de seguimiento de clientes ya no eran activas para esas épocas, René, como detective de seguros, pensó que podría tomar la oportunidad de hacer llegar el dinero a la chica y así limpiar su nombre de una aparente acusación por fraude años atrás.

“Tal vez la chica nunca supo que era beneficiaria”, pensó, pero llegando a la casa cuya dirección era oficial según los papeles, encontró un lugar abandonado, con un par de drogadictos casi muertos tirados en el piso de su interior. Telarañas, ratas, paredes húmedas y polvo denotaban la poca presencia de alguien en mucho tiempo. René pensó que tal vez se había mudado, o peor aún, que habría desaparecido o muerto también.

No le fue difícil encontrar a otros familiares y amigos de la familia, tratando de encontrar en ellos la respuesta de su paradero. Pero una sorpresa se avecinaba ante René: nadie conocía a Ana. Todos parecían negar su existencia, algo que él suponía era muy sospechoso. 

Decidió buscar al último contacto de su lista, el hermano de Don Gustavo, el viejo señor Alberto, a quien no le fue difícil encontrar. René se presentó ante el viejo, preguntando por Ana, pero no parecía saber de qué estaba hablando el hombre. “¿Quién es Ana?” preguntó el viejo Alberto, “Es su sobrina señor, la hija de Gustavo Fuentes”, afirmó René. Pero el viejo negó conocerla, e incluso mencionó que su hermano jamás tuvo hijos. 

René mostró la póliza donde Don Gustavo había dejado todo a su hija Ana, pero aún así, el señor Alberto pensó que se trataba de alguna broma, o de algún deseo que jamás admitió y supuso implantar su fantasía en papel solamente. René pensó lo mismo y creyó que quizás era inútil seguir en el caso, cuando de pronto notó en la sala de la casa del viejo una fotografía, donde había un par de jóvenes. Una de ellos era mujer, una joven y bella mujer, de cabellos rubios teñidos y ojos claros, con una sonrisa hermosa a pesar de tener un par de dientes chuecos. Pensó que se trataba de ella, pues el señor Alberto no la reconoció. 

“Es mi hijo, Miguel, pero no conozco a la chica de la fotografía” decía el viejo. René pensó que tal vez el joven era la clave para encontrar a la chica. Ya que el chico no estaba en su lista de contactos, le pidió sus datos al viejo. “El no vive en la ciudad, pero podemos hablarle por teléfono” decía el señor Alberto, quien pronto hizo contacto con él. “Hola hijo, ¿cómo te has portado? Tengo a un señor de unos seguros y busca a una tal Ana Fuentes, ¿tú sabes quien podría ser?, tu tío la mencionó como su hija, ¿qué sabes al respecto? Y en un momento de pausa, “Dice que quiere hablar con usted”.

René tomó el teléfono y una expresión sorpresiva en su cara apareció cuando escuchó a Miguel decirle por el auricular “Usted no sabe, pero nadie recuerda a Ana, nadie recuerda a Ana, lo único que queda de ella es la fotografía que tiene usted en sus manos”.

24/8/09

Extractos de un recuerdo

Era una blanca mañana, el sol había toca mis ojos cuando este apareció lejos al oeste de la ciudad. Era muy claro el día, tan claro como la sala de un hospital, pero esa blancura contrastaba enormemente con aquella noche infernal, cuando hace un año, la gran tormenta me dejó sin mi amada y sin mi único hermano, seres a quienes tanto quise y amé. Las noches eran tan bellas cuando ella me recibía después de tanto tiempo que yo usaba para acudir a los campeonatos. Aquellos momentos era mágicos, llenos de dicha y gracia nos envolvíamos en un mar de caricias y besos, que culminaban en los actos más placenteros y ricos de vida, cuyo final era el mismo, el deseo de darle un miembro más a la familia.

Cuando llegó la noticia de que lo habíamos logrado, no pudimos esperar que ir a festejar en un bar en el centro de la ciudad, con todos nuestros amigos. Fue una noche larga, y aunque no había bebido mucho, la madrugada comenzaba y afectaba mis sentidos que me había llegado el cansancio cuando nos alejamos de ese lugar. Juan Pablo, mi hermano y mejor amigo que jamás tuve, me pidió irse con nosotros, la lluvia subía de nivel cada vez más y la oportunidad de pedir taxi era casi imposible. Esa noche sería la última de mi feliz vida, cuando la visibilidad era cada vez menor y el cansancio mismo me segaba al conducir, que en un instante simplemente perdí el conocimiento y el auto salió del camino.

Cuando desperté, el tiempo había pasado, dos días para ser exacto; y ese despertar mío fue la única buena noticia para los demás. Junto a mi lado estaba mi madre, que lloraba de la emoción de verme con los ojos abiertos, pero también de la tristeza que acontecía a mí alrededor, Simona y Juan Pablo no sobrevivieron y no pude mas que quedarme sin respuesta ante tal hecho. Pronto el doctor entró a mi cuarto, junto a enfermeras y estudiantes detrás de él, con unos ojos fríos y sin sentimientos, pero atento ante cualquier reacción mía, reafirmando lo que mi madre me había dicho. Simplemente me quedé atónito y sin expresión, pero no fue tal aún que al ver como el doctor me decía:

-Joven, usted realmente sobrevivió de milagro, sin embargo no salió tan ileso de ese accidente, si me permite tengo algo que mostrarle-, Recogió la sábana que me cubría, revelando que ahora sólo tenía una pierna y con ello mi carrera de tenista también se había ido.

Así es, esas imágenes me venían a la cabeza todos los días que despierto aquí, en esta solitaria casa. Sólo había encontrado en la bebida la única forma de tratar de sentirme bien y engañar a mi cuerpo de felicidad, siendo sólo un engaño para mí esa autodestrucción que simplemente no podía dejar ya. Todo el dinero que había ganado en mi gloriosa vida de éxito era sólo desperdiciado en el alcohol y nada mas, nunca salía de casa, nunca. La vida era monótona, llena de rutinas como beber y recordar, recordar si tan sólo no hubiéramos estado hasta tarde, si tan sólo no hubiéramos ido ese día, si tan sólo no hubiéramos ido nunca.

27/7/09

El pescador nómada

(post que fue escrito anteriormente para el blog geomosaico)

Cargando sus redes, algunas cañas de pescar, cubetas, una pipa y su licor, el pescador se dedicaba a hacer su trabajo todos los días en su viejo bote. Esa actividad era lo único que tenía en su vida, por lo que después de décadas había encontrado en ella un arte, una gracia, una forma de vida que lo llenaba. Pero había un problema, cada año había menos peces y su sustento no sólo económico, sino emotivo para seguir adelante pronto se perdía.

Pensó que si los peces no iban a él, él mismo iría a donde los peces estuvieran. Decidió abandonar el gran lago para explorar hacia los caudales de los ríos nacientes. Su aislamiento lo había hecho ignorante de los misterios que había más allá de las fronteras, pero quizá eso lo hacía más emocionante. Su única compañía era un pez que una vez atrapó, el cual tenía un color reluciente verde anaranjado, así que decidió conservarlo con vida en una pequeña pecera. Al parecer el pez estaba perdido, pues sus características no eran típicas de aquellos lugares.

El pescador y el pez habían desarrollado un lenguaje único, algo que sólo ellos dos podían entender. Simplemente el pescador relataba sus viejas proezas mientras el pez se quedaba quieto escuchando. En sí no se sabe si ésto era el resultado mágico de una simbiosis especial, o bien, la locura del solitario pescador; pero nadie era testigo como para poder contar la verdad.

Los grandes ríos se habrían paso a otros lagos y a otros ríos, pero el pescador buscó en cada rincón si tener éxito en encontrar a los peces. Algunas algas, algunos reptiles y anfibios, pero nada más allá de ello. Incluso sus reservas se acababan, por lo que tendría que poner pies en la tierra y comenzar a cazar. Ancló en una orilla y decidió explorar la tierra un poco. Algunos roedores fue lo único que pudo capturar, pero el bosque también parecía irse quedando vacío.

El pescador decidió retornar a su bote y continuar su viaje. De pronto, su pez de compañía comenzó a soltar burbujas. Cada vez más grandes, hasta que de una de ellas salió un sonido en tanto estuvo expuesta en la superficie. El pescador creyó escuchar la palabra “yo”, volteó y vio en el pez un color resplandeciente, como una flecha claramente brillando en su cuerpo. 

El pescador le preguntó al pez si le hablaba, y el pez soltó otra burbuja, la cual produjo el sonido “si”. El pescador saltó alegrado de saber que por fin tendría respuesta ante sus más solitarios monólogos. El pez volvió a decir “yo” y la flecha de su cuerpo brillaba más. El pescador le dijo “tú, si, pero ¿qué cosa?”. El pez sólo repitió “yo” y la flecha comenzó a parpadear y parpadear.

El pescador volteó hacia donde la flecha señalaba y vio un claro de luz. Pensando que era una señal la siguió. Pero en el mar las distancias son eternas, así que días y días pasaron, siempre tratando de encontrar un claro de luz, que el pez dijera algo o su flecha brillara. 

Llegaron hasta el mar y el pez de pronto dejó de brillar. Al llegar ahí el pez dijo “libre”, pero el pescador no sabía que pasaba. El pez de nuevo dijo “libre” y el pescador le dijo “eso es lo que quieres, la libertad”, el pez dijo “sí”. El pescador dudó un poco, pero vertió la pecera hacia el mar. El pez en mar abierto comenzó a nadar, y una última burbuja salió del agua diciendo “gracias”, y de pronto se sumergió para desaparecer. El pescador un tanto conmocionado, no podía creer que quizás en un mundo mágico se encontraba, pero sin su pez de compañía que lo guiara y sin peces a la redonda, decidió regresar a su viejo lago.

En su camino de regreso vio como la vida comenzaba a florecer y al llegar a su lugar de pesca habitual vio que estaba repleto de peces. Era la mejor temporada en años, no lo podía creer. Pero aunque la alegría de recuperar su estilo de vida lo había llenado temporalmente, pronto sintió que la compañía del pez faltaba. 

Creyó que lo que había hecho en vida era muy agradable, pero había desarrollado nuevos sueños, la aventura de conocer más allá de lo que su mundo lo había limitado, por lo que decidió arriesgarse de nuevo a buscar ese pequeño pez de compañía hacia el mar. Se dice que nunca regresó al lago y así fue quizás, si es que pensamos en él como un hombre cuya vida era simple.

Pasaron muchos años, hasta que el lago comenzó a secarse y los peces de nuevo desaparecieron. Un día una empresa decidió comprar la tierra y usar lo poco que quedaba de agua para criar peces. Esa empresa venía del otro lado del mundo y en su logotipo aparecía un pez de relucientes colores verdes anaranjados con una flecha brillante en su cuerpo. 

La empresa la fundo hacia muchos años atrás un pescador que viajó por todo el mundo, un pescador que buscaba un mágico pez que no pudo encontrar, así que cuando decidió asentarse, poco a poco con sus grandes habilidades como pescador se hizo de dinero y fama, por lo que fundó una compañía pescadora con la imagen de ese pescado mágico.

… La leyenda cuenta que no fue hasta que el pez salió del lago y encontró la libertad que los peces y la vida volvió al lago. Y así fue, cuando la empresa del pez mágico quebró y se fue del lago, la vida volvió a florecer en ese lugar.

1/9/08

La pala negra. Segunda parte

“¿Sabe entonces a qué vine, cómo?” dijo aún sorprendido el hombre, pero el viejo sólo dijo “No importa, toma mi pala, es la misma pala que fundó el pueblo” Augusto tomó una pala común y corriente que se encontraba al lado del viejo, a quien creía loco. “Regresa al pueblo, ahí encontrarás la respuesta” decía el anciano a Augusto, pero él quería más respuestas, las cuales no pudo conseguir cuando el viejo pronto regresó a ese sueño profundo del cual ni con el mayor esfuerzo se le pudo despertar.

Una tormenta se avecinaba y debía partir inmediatamente. De regreso, Augusto pensaba en volver a ver a viejo por más respuestas a la mañana siguiente, pero de pronto la lluvia comenzó a caer. El auto comenzó a calentarse y en medio del camino quedó. Tenía hambre y sed y un gran deseo de encontrar refugio. Pasaron las horas y la lluvia no cesaba. Augusto salió del auto y de pronto resbaló, y un ataque de locura lo envolvió. Sacó la pala, abrió el cofre y pronto con la herramienta golpeó con ira el motor queriendo que éste funcionara. Pero no fue así y una nube de humo logró sacar, la cual pronto la lluvia disipó.

Augusto sentía en su pie de metal la pronta llegada de los rayos. Así fue y uno de ellos a escasos metros de él cayó. En medio del camino, el hombre se encontraba, con poco conocimiento abrió paso entre el lodo y de pronto se levantó, tomó la pala y comenzó a caminar. Al llegar al pueblo éste parecía desolado, la lluvia se había calmado. Gritaba que alguien lo ayudara pero nadie salía. Cayó al suelo del cansancio y volvió a levantarse, dejando la pala en el suelo.

Una mujer acudió a su llamado y ofreció agua a Augusto. De pronto una niña, quien parecía la hija de aquella mujer se le acercó. Llevaba un collar de flores de tela como el de la anciana del otro día. Augusto de pronto se sintió confundido y le preguntó si conocía a una anciana con el mismo collar, la niña no respondió y la mujer, al escucharlos le dijo a Augusto “de qué anciana habla usted, ese collar yo lo acabo de hacer”.

Extrañado por eso, de pronto Augusto miró a su alrededor, el pueblo parecía conjuntarse en torno a algo. Se sorprendió al notar que la pala había cobrado un tono oscuro con el humo y aceite del auto, pero no se había percatado hasta ahora. Augusto de pronto pensó que estaba volviéndose loco, pero no parecía ser así. Estaba presenciando la leyenda en vida. Al ver a la pequeña no sólo pensó que había regresado en el tiempo, sino que sólo una persona podría haber sabido de todo esto: él y el viejo. En la locura sólo imaginaba que él sólo podía ser el mismo viejo, así que corrió hacia el monte en un viaje de desesperación…

… Y en el monte estaba el viejo, quien escuchaba como el auto se alejaba de su cabaña. Abrió los ojos y una figura se le acercó. Era la anciana, quien un beso en la sien le dio. Ella también volteó a ver el auto a lo lejos y con una dulce y calmada voz sólo decía “Si supiera que a su tío le hicimos la misma broma”.

Fin

4/8/08

La pala negra

Cuenta la leyenda del pueblo de Pala Negra, a la cual debe su nombre, que un día, en medio de su centro, apareció una pala de color negro. Muchos dijeron que el mismo diablo vino en medio de la noche para cavar un agujero al infierno, pero que al ver el claro del sol huyó dejando la herramienta olvidada.

El tío Augusto contó la historia a su sobrino de igual nombre. Ya alejados de la vida campirana, vivían en la ciudad. El pequeño Augusto creció y se convirtió en un exitoso reportero. Solía visitar las más lejanas tierras y vivir muchas aventuras. Incluso fue corresponsal de guerra, pero un terrible accidente en medio de un conflicto lo dejó con un pie postizo de por vida.

Diez años después, el furor por la guerra había terminado y las historias de Augusto que ofrecía a su editor ya no solían vender el periódico como antes. Su jefe le otorgó el beneficio de la duda y le dio oportunidad de una última historia. Augusto aceptó, pensando en un retiro a su pueblo natal. Habían sido ya muchos años que no volvía a poner un pie allá, y mucho menos uno artificial.

El viejo tío Augusto había muerto también y con ello la leyenda del pueblo. Qué más quedaba que dedicarse a recrear aquel mito, a encontrar sus orígenes, eso lo inspiraría a hacer un nuevo artículo digno de impresión. Pero con lo que no contaba Augusto era que todos relataban la misma historia y ya casi nadie quedaba de aquel tiempo. Pero un día una anciana de collar de flores de tela lo encontró a él. Ella parecía ver en Augusto alguna familiaridad y se le acercó. Le dijo que ella era muy pequeña cuando la leyenda nació, pero que sabía sólo de una persona que la presenció, el viejo del monte.

Ese viejo era el típico ermitaño autosuficiente, lejos incluso de la vida de un pueblo rural, nadie lo había visto en años; pero la luz del fuego de sus fogatas aún podía llegar a vislumbrarse algunas noches, lo cual indicaba que aún seguía con vida. La anciana decía que ese viejo no sólo era probablemente de las últimas personas que vivió en tiempos de la leyenda, sino que incluso pudo haber visto al demonio en persona, ya que el día del encuentro de la pala, salió corriendo al monte en desesperación.

Sin duda, Augusto iría a visitarlo. Tomó su auto y emprendió el viaje. Requirió tiempo encontrar la cabaña, pero ahí estaba el viejo, sentado en un banco afuera. Parecía muerto, así que Augusto lo intentó mover un poco, tratando de ver si aún tenía vida. Así parecía, el viejo no abrió los ojos, pero dijo las palabras “¿eres Augusto, verdad?” sorprendido, el hombre dio un salto atrás y dijo con voz temblorosa, “sí, ¿cómo lo sabe?” y el viejo respondió “te estaba esperando”….

9/6/08

Un viaje matutino: la madrugada

Emilio llevó a Gabriel a la cocina, y un vaso de agua le ofreció. Un sorbo iba a dar cuando Emilio gritó “¡No!, ese no es el elixir, antes ponle este polvo oscuro” Gabriel se percató que era café, aquella amarga pero dulce bebida que sus padres siempre tomaban.

“Siempre quise probar” decía Gabriel a Emilio y de un sorbo acabó con el líquido. Emilio lo veía con ojos de alivio, pero Gabriel no comprendía el asunto. “Guácala, sabe horrible”, pero Emilio con tranquilidad dijo “no te preocupes, después te gustará, pero esto sólo es el primer paso a otros elixires que vendrán después” pero Gabriel seguía confuso.

“Que no te has dado cuenta Gabriel, ya era momento de que comenzaras a vivir con las reglas de éste mundo. Un mundo de números, transacciones e intereses, donde el café, el alcohol y el cigarro corren por las venas de sus habitantes. Era hora de que comenzaras a acostumbrarte, pues exiliado de nuestro mundo has quedado” Emilio parecía ser más de lo que aparentaba. “Qué mundo, de qué hablas” Gabriel preocupado estaba.

“El mundo de tu imaginación, Gabriel, son recuerdos del mundo en el que vivías, de ese mundo quedaron desterrados todos los que conoces. Todos los niños pueden recordarlo, pero tan pronto crecen, las drogas y el dinero los obligan a olvidarlo, y ahora que has dado los primeros pasos, es hora de que comiences a vivir el momento”.

Emilio pronto se desvanecía, pues su rol como amigo imaginario había acabado. En vez de él, la silueta de sus padres aparecía enfrente de los ojos del muchacho. “Gabriel, qué has hecho”, decían al unísono. Pero Gabriel sólo pensaba “aquí vamos de nuevo” y el sol de la mañana abría paso al nuevo viaje circadiano.

12/5/08

Un viaje nocturno: la noche

La luna aparecía, su luz reflejaba las lágrimas de Gabriel. Ni idea tenía en cómo resolver su vida, mucho menos su tarea de matemáticas. Lo absurdo que significaba para él su futuro era igual a su interés en el presente. El llanto no acababa el dolor, fue entonces cuando reflexionó y un giro dramático en el momento llegó.

“Si pudiera ir a ese mundo de mi imaginación podría hacer lo que quisiera” pensaba mucho a su favor. Y de pronto una voz escuchó, afuera o dentro de su cabeza no importaba de donde emitía el sonido, sino el mensaje que debía dejar. “Gabriel, la clave para acabar tu malestar está en hacer la tarea” decía la voz. Gabriel, sorprendido, miraba a todos lados, no podía encontrarlo en ningún lugar.

“¿Quién eres?” decía Gabriel. “Soy yo, Emilio”. Gabriel soltó un suspiro de alivio al saber que su mejor amigo estaba ahí. “Gabriel, tienes que hacer la tarea, sólo así podrás aprender a sobrevivir” con tono persuasivo Emilio repetía una y otra vez. Gabriel convencido, sabía que lo podía hacer, en un santiamén terminó su deber.

“Acabé, pero dime, ahora que voy a hacer” Gabriel confundido de su acción esperaba una respuesta. “Simple, tienes que quebrar las reglas si quieres sobrevivir. Acompáñame, debes buscar el elixir, con él podrás terminar” decía Emilio seguro y misterioso de su discurso.

“¿Elixir, sobrevivir, de qué me hablas Emilio?” sin atar cabos pero siempre obediente, lo siguió…

14/4/08

Un viaje vespertino: la tarde

De regreso a su casa en taxi mientras la tarde se avecinaba, Gabriel nervioso estaba, mucha tarea de matemáticas tendría que hacer. Pero eso no importaba, si las caricaturas él habría de ver. Hora tras hora tras hora sus ojos desgastaban su joven visión, lentes seguros a futuro tendría que usar. Sus sentidos concentrados en el entretenimiento gratuito para un pequeño infante, era el costo de los padres que lo consentían con la mercancía televisiva.

Era el momento de comer, y la garganta se espaciaba y humedecía lo más posible. Ricas grasas consumía y los azúcares vendrían en su bebida gaseosa. No contento del sabor de la bebida azul pedía la verde y un eructo de satisfacción emitió. Postres y golosinas llenaban su estómago vacío de frutas y vegetales saludables.

La tarea no tendría lugar, pues Gabriel solía mentir sobre ella. “Nunca hubo tarea” repetía hasta convencer. La pereza del trabajo era común en su vida, pero la energía en los videojuegos demostraba los talentos ocultos. Suma, resta, multiplicación y división de puntaje virtual lo hacía pensar, mas las operaciones del cuaderno rehuía acustumbrar.

No fue difícil para sus padres deducir la trampa de Gabriel, la manipulación no tuvo efecto esta vez y castigado era enviado a pensar en sus actos y a su labor como estudiante acatar…

24/3/08

Un viaje diurno: el medio día

Gabriel tarde arribó, siendo victima del castigo de sus superiores, pagando por los errores que los adultos cometieron. Confundido, perdía el rastro del momento en el salón de clases. La maestra pidiendo la tarea, sus compañeros gritando los himnos de la televisión, pero él sólo fantaseaba el mundo de su alrededor. Pensaba en un lugar donde los niños gobernaran, las aves cantaran, los autos volaran y nada excepto todo fuera diversión.

Una nueva llamada de atención lo hizo regresar de ese fantástico mundo, la maestra tratando de dar la clase de matemáticas insistía en que aprendieran la nueva operación, pero Gabriel no quería vivir en un mundo de números, sino en numerosos mundos. Risas y risas se escuchaban en todas direcciones, pero el pequeño alumno no hallaba su lugar, tendría que salir por aire fresco antes de ahogarse en un mar de carne humana.

Claro que el recreo le dio esa ventaja, pero Gabriel sólo respiraba el etéreo tóxico de años de escapes y chimeneas en función diaria. No podía pedir más, pues simplemente Gabriel no sabía a quien pedir. Sus familia le imploraba a dios, pero el le imploraba a sus mayores. “¿Acaso dios contamina, acaso él se pelea con el primero que ve, acaso se enoja si no aprendo matemáticas? Yo pido a los adultos, pero me tratan como un niño, no como una persona”.

Gabriel sabía que en un solo lugar él podía ser dios, un adulto, una persona, en su fantástica imaginación…

10/3/08

Un viaje matutino: la mañana

Gabriel despertaba de su largo sueño, sus oídos escuchaban como el sonar de los cláxones cubría el canto de los pájaros. Abría los ojos sólo para ver el foco encendido en pleno día soleado. Caminaba ente el suelo frío y el aire caliente, vestía para ir a su escuela. Su desayuno tenía alto contenido energético, lleno de carbohidratos deliciosos y lácteos cremosos.

Sus padres oían las noticias sin escucharlas y percibían las imágenes que emitía la televisión sin ver formas definidas. No salían de casa sin probar menos de una taza de café, su combustible por excelencia. Se arreglaban para salir de casa mientras Gabriel esperaba. Él quería ver las caricaturas, pero no era posible a esa hora del día.

Saliendo de su hogar, la familia atravesaba el caos citadino. Un cuello de botella se abría paso cada cinco minutos. El estrés y la desesperación corrían por las venas de papá y mamá, mas no en Gabriel. Ponía sólo atención en su libro con imágenes, pero carente de palabras. Los sonidos del exterior no parecían intrigarlo, aunque la respiración agitada de sus padres era signo de un estado poco grato.

El padre sólo estaba ante la mira de cualquier error de su alrededor, pues sólo necesitaba una excusa para liberar su emoción. Sin pensar en la seguridad de sus pasajeros, esperó entonces a que su auto fuera objeto de un accidente. Un rayón y un leve golpe fue todo, todo lo que desembocó en una riña entre conductores, pero Gabriel, un daño colateral, tendría que llegar tarde a su escuela…

11/2/08

Las 55 caídas

Rodeado de luces parpadeantes, sonidos intensos y calles sin terminar, Julio Domínguez, el portero del viejo edificio central del gobierno, vivía en soledad. Recién había enviudado y pocas veces era visitado por sus hijos. Se decía a sí mismo “Ya tuve suficiente vida en este mundo”. No estaba acostumbrado a los excesos sensitivos del presente y soñaba con regresar a ese pasado dorado lleno de ilusiones.

Su jubilación estaba casi por llegar, y junto con ello la llegada de una nueva tecnología de seguridad pretendía reemplazar los servicios que tantos años él otorgó. El viejo se preguntaba cómo había llegado a ése momento y recordó. “Cuando era joven, me ilusionaba tanto llegar al mundo de los grandes, de ser alguien, alguien importante, pero cuando lo logré, me di cuenta de que todo lo que había sacrificado por ser ese alguien había desaparecido en mi decisión”. Tantos años de trabajo y experiencia le valieron una gran posición en su sociedad, de la cual sólo él quedaba como único vestigio de ese pasado.

Julito, su nieto, hacía visitas ocasionales al viejo. “Abuelo, ¿qué quieres hacer en tu cumpleaños?”, preguntó el chiquillo. “Julito, hay tantas cosas que quiero hacer, pero la edad ya no me lo permite”, replicó el viejo. “Siempre hay algo que puedes hacer, créeme, y sabes muy bien que yo puedo ayudar en ello”, decía con mucho animo Julito. Dejándose convencer, el viejo le pidió una aventura en paracaídas.

“Abuelo, pensé que podías pedir más, pero si es tan simple tu deseo, lo haré con gusto”. Quedando de acuerdo, llegó el momento en que ambos se embarcaron a la aventura. El viejo tomó su equipo, se preparó y como si fuera todo un profesional se lanzó al vacío. La sensación del aire, la vista y la gravedad eran únicas. Llegando sano y salvo al suelo, el viejo decidió volver a la acción y repetir la experiencia.

La felicidad le inundaba el cuerpo, pero al llegar de su quincuagésima quinta caída, el viejo le dijo a Julito. “Gracias hijo, me has hecho un hombre feliz, aunque sólo por esta hora. Quisiera que pudiéramos hacerlo de verdad y no en ésta simulación virtual contigo al otro lado del mundo”. Y el chico expresó “Abuelo, sabes muy bien que a tus 110 años de edad y con tu reciente jubilación no estas en condición ya de salir de casa. Pero siempre tendrás mi compañía, aunque sea esta simulación de imagen y voz mía”.

Don Julio Domínguez VII, atendía el funeral de su abuelo, vía satélite. Su esposa le dio un fuerte abrazo diciendo “Lamento mucho la muerte de tu abuelo, Julio, no sé que habrá pasado por su cabeza al querer lanzarse al precipicio sin abrir su paracaídas”. Pero Julio decía “Casi no conocí a mi abuelo, pero lo único que llegué a saber de él fue que en su niñez él y su propio abuelo jugaban lo mismo en simuladores virtuales, pero que después de que su viejo muriera, él siempre dijo lo muy arrepentido que estaba de no haberle concedido un último deseo, una caída real”.

30/1/08

El reloj

Eran las once de la mañana. Humberto, buen alumno, atendía la clase. Solía no perderse de ningún detalle que pudiera recordar después. Pero Hugo, su compañero de al lado, un hombre sin interés alguno más que su propio hedonismo, preguntaba la hora. “Son las once” dijo Humberto, en un tono molesto. Era la tercera vez en menos de media hora que atendía su demanda.

Cinco minutos después, Hugo replicó “¿Qué horas son?” para Humberto eco parecía rebotar esa frase en su mente, harto, con una voz alta, expresó “Ya te dije, son las once”, mas Hugo mencionó “Pero eso fue hace tiempo”. Humberto no tuvo remedio que soportar tremendo martirio. Así, ambos hombres obsesivos, formaban un lazo difícil de nombrar.

Todos los días de todas las semanas era lo mismo, la fascinación por la clase era arruinada por la desesperante demanda de la hora. Humberto entonces, sin más opción que librarse de su acosador matutino, decidió comprarle un reloj. “Toma Hugo, espero que con este reloj puedas tener todo el tiempo del mundo en tus manos y me dejes en paz”.

Hugo no parecía estar familiarizado con su uso, y le pidió a Humberto que le dijera como leer la hora. Humberto no tenía tiempo más para atender, pero pensó que si no lo hacía en el momento, la peor oleada de preguntas por la hora vendrían si su usuario tenía algo que no podía usar. Humberto, se ahorró la explicación y le dio su propio reloj a Hugo. “Toma, este reloj es digital, más fácil no te lo puedo dejar”. Y así fue que Hugo dejó de preguntar. Pero no podía soltar la mirada de su reloj. Entre clases, sólo deseaba que su reloj se moviera rápido para acabar pronto y entre descansos que se moviera lento para disfrutar más del momento.

Pero un día, Humberto no fue a clases. Hugo poco lo notó, pues parecía solo interesado en saber la hora del descanso y la salida. De pronto, vio que los minutos retrocedían en vez de avanzar. El tres se convertía en dos y el dos en uno, y el uno en cero. Mientras que el reloj de otros marcaba las doce, el de Hugo marcaba las once. Una hora después, todos tenían marcada la una, pero él tenía marcada las diez.

Hugo creyó que su reloj estaba descompuesto. Muchos notaron lo mismo cuando él lo mostró. “Parece como un cronómetro en cuenta regresiva” dijo uno de los chicos de alrededor. Hugo no sabía que hacer, Humberto le había dado ese reloj, pero no estaba presente. Las horas pasaron, y el reloj pronto se acercaba a cero. Hugo estaba ahora en su casa, sin perder un instante en su reloj. Sólo quedaban diez minutos y contando. Él estaba muy nervioso, parecía algo único que una máquina de pronto funcionara así.

Era el último minuto. Las gotas de sudor caían en la frente de Hugo, obsesionado completamente en que pasaría cuando el reloj llegara a cero. Cinco segundos, cuatro, tres, dos, uno… Justo en el momento en que el reloj llega a cero el teléfono sonó. Hugo se dejó sorprender por el suceso de tal manera que al oír el primer timbrazo su corazón dejó de latir. Cayó al piso su cuerpo inerte, provocando también la caída del teléfono. Y en el auricular se escuchaba una voz, una voz que decía “Hugo, soy yo… Humberto”.